El consumo de tabaco es sumamente frecuente. En la actualidad, uno de cada tres adultos, es decir, 1200 millones de personas, fuman, y se prevé que para el año 2025 esta cifra se elevará a más de 1600 millones. Se calcula que el tabaco causó más de 3 millones de defunciones en 1990, y que esa cifra ascendió a 4 millones en 1998. Según las estimaciones, las muertes atribuíbles al tabaco llegarán a 8,4 millones en 2020 y alcanzarán unos 10 millones anuales hacia 2030. Sin embargo, este incremento no se distribuirá por igual en el mundo, se prevé que en las regiones desarrolladas las defunciones aumentarán un 50% mientras que en Asia casi se cuadruplicarán.
La relación entre el consumo de tabaco y los trastornos mentales es compleja. Los resultados de las investigaciones indican claramente que los profesionales de la salud mental deben prestar mucha más atención al consumo de tabaco de sus pacientes durante y después del tratamiento, con objeto de prevenir los problemas conexos. La proporción de fumadores es dos veces mayor entre las personas con trastornos mentales; son particularmente frecuentes los grandes fumadores en la población esquizofrénica y alcohólica. El 44% de los cigarrillos fumados en Estados Unidos lo son por personas con trastornos mentales. Se pensaba tradicionalmente que las personas deprimidas tendían a fumar más debido a sus síntomas, pero los nuevos datos indican que podría ser a la inversa. Un estudio realizado en adolescentes mostró que la prevalencia de antecedentes de tabaquismo era mayor entre los que se deprimían, lo que lleva a pensar que en realidad fue el consumo de tabaco el que dio lugar a la depresión en este grupo de edad. No se conocen a ciencia cierta las razones de la elevada tasa de consumo de tabaco entre las personas con trastornos mentales, pero se ha atribuído la responsabilidad a mecanismos neuroquímicos. La nicotina es una potente sustancia psicoactiva con diversos efectos en el cerebro: posee propiedades de refuerzo y activa los sistemas cerebrales de recompensa; aumenta así mismo la liberación de dopamina en regiones del cerebro íntimamente relacionadas con los trastornos mentales. Además, puede consumirse nicotina en un intento de aminorar la angustia y otros efectos adversos de los síntomas mentales. Es probable que también intervenga el entorno social, en particular el aislamiento y el tedio; estos factores son especialmente manifiestos en los hospitales psiquiátricos. Sean cuales sean las razones, es indudable que las personas con trastornos mentales arriesgan todavía más su salud al fumar en exceso.
La relación entre el consumo de tabaco y los trastornos mentales es compleja. Los resultados de las investigaciones indican claramente que los profesionales de la salud mental deben prestar mucha más atención al consumo de tabaco de sus pacientes durante y después del tratamiento, con objeto de prevenir los problemas conexos. La proporción de fumadores es dos veces mayor entre las personas con trastornos mentales; son particularmente frecuentes los grandes fumadores en la población esquizofrénica y alcohólica. El 44% de los cigarrillos fumados en Estados Unidos lo son por personas con trastornos mentales. Se pensaba tradicionalmente que las personas deprimidas tendían a fumar más debido a sus síntomas, pero los nuevos datos indican que podría ser a la inversa. Un estudio realizado en adolescentes mostró que la prevalencia de antecedentes de tabaquismo era mayor entre los que se deprimían, lo que lleva a pensar que en realidad fue el consumo de tabaco el que dio lugar a la depresión en este grupo de edad. No se conocen a ciencia cierta las razones de la elevada tasa de consumo de tabaco entre las personas con trastornos mentales, pero se ha atribuído la responsabilidad a mecanismos neuroquímicos. La nicotina es una potente sustancia psicoactiva con diversos efectos en el cerebro: posee propiedades de refuerzo y activa los sistemas cerebrales de recompensa; aumenta así mismo la liberación de dopamina en regiones del cerebro íntimamente relacionadas con los trastornos mentales. Además, puede consumirse nicotina en un intento de aminorar la angustia y otros efectos adversos de los síntomas mentales. Es probable que también intervenga el entorno social, en particular el aislamiento y el tedio; estos factores son especialmente manifiestos en los hospitales psiquiátricos. Sean cuales sean las razones, es indudable que las personas con trastornos mentales arriesgan todavía más su salud al fumar en exceso.